Por: Sergio Schneider

Ni la segunda venida de Cristo tuvo tantas fechas profetizadas como el retorno de Jorge Capitanich a la porción del planeta que habitamos los chaqueños. Desde que Coqui se fue en una nube hacia la Jefatura de Gabinete, en noviembre de 2013, abundaron los anuncios de dirigentes políticos y periodistas sobre “inminentes regresos” del gobernador de licencia a su despacho de Resistencia. Hasta ahora, ninguno acertó.

Lo curioso es que, teniendo en cuenta algunas características del personaje central de la historia, es posible que todos hayan tenido razón y que Capitanich en verdad haya hecho las valijas tantas veces como lo afirmaban las noticias, pero para deshacerlas casi de inmediato, fruto de un contexto extremadamente cambiante y de un ánimo ídem.

El punto más cercano se había dado en septiembre y octubre pasados, cuando Juan Carlos Bacileff Ivanoff lo zamarreó en los medios y fijó las PASO chaqueñas para el 8 de marzo. El regreso parecía a la vuelta de la esquina, y el coquismo agradecía al cielo. Sin embargo, tampoco ocurrió. Cristina le ordenó permanecer a su lado y a cambio roció con un matafuegos la relación entre el gobernador titular y el suplente.

 

El factor Aída

La permanencia de Capitanich en la Rosada, donde los asuntos federales lo abducen no menos de dieciséis horas diarias, lo priva de poder atender mejor el crecimiento de los baobabs de la interna peronista del Chaco, donde algunos candidatos ya le dieron tal vértigo a sus campañas que pareciera que lo que se aproxima no son las primarias de un proceso electoral, sino la madre de todas las batallas en una guerra interestelar.

Viendo eso, más de una vez en sus visitas a la provincia reprendió a puertas cerradas a la dirigencia del PJ. Pidió trabajo, humildad y todas esas cosas que un hombre grande ya debería dejar de esperar de parte de personas cuyos niveles de vida dependen de mantener o acrecentar sus cuotas de poder.

Muchos creen que hasta su precandidatura a la intendencia de Resistencia fue un intento de Coqui por lograr que a su alrededor se desinflaran los egos y las ambiciones. “Si él, que es el jefe, se arremanga para buscar un carguito municipal y así traccionar votos en una ciudad en la que siempre perdemos, ninguno de nosotros puede sacrificarse menos”, es la reflexión que Capitanich se había ilusionado inducir en las mentes de su generalato. Tampoco funcionó.

En paralelo, las encuestas preocupan al oficialismo. Aída Ayala es, a esta altura, algo así como un prodigio de la realidad virtual. Encabeza las intenciones de voto para la gobernación, no sólo a pesar de su gestión al frente de la intendencia de Resistencia, sino incluso gracias a ella. A una distancia variable según el encuestador de que se trate (pero nunca demasiado cerca) aparecen los adelantados del pelotón de aspirantes del justicialismo.

El jefe del gabinete nacional se tuvo que poner a repensar las cosas.

 

Un pacto para vivir

Dicen que lo que se le ocurrió a Coqui es dejar de decirle que no a la posibilidad de su re-reelección, una alternativa “superadora” que ya le habían planteado diputados e intendentes en 2014. Siempre había rechazado la idea -aun públicamente-, pero ahora la estaría viendo como una manera eficaz de desactivar una interna elefantiásica que teme que se lleve puestas las chances del frente oficialista de seguir administrando la provincia por cuatro años más y las suyas propias de estar en una fórmula presidencial alguna vez.

Sería, también, la vacuna segura -en la lectura de la cúpula peronista- contra una victoria de Ayala. El gobernador de licencia es la única figura que mide mejor que la intendente radical en los sondeos.

Para todo esto, el primer paso debería ser, inevitablemente, una reforma constitucional que elimine la prohibición actual de un tercer mandato consecutivo. La mayoría de diputados necesaria para ello se obtendría mediante un acuerdo con el sector de la UCR que responde a Angel Rozas, remedando aquel Pacto de Olivos en el que Raúl Alfonsín hizo girar la llave que le permitió a Carlos Menem disputar y ganar las presidenciales de 1995.

El exgobernador radical, a cambio, exigiría la presencia de figuras de la oposición en espacios importantes de la nueva administración, para instalar una suerte de cogobierno bipartidista, y recibiría al mismo tiempo la gratificación de tirar la primera palada de tierra en el entierro de las posibilidades de Aída de llegar al sillón de Obligado.

Dirigentes próximos a Capitanich confirmaban en los últimos días que la iniciativa “anda dando vueltas”. “Es muy complicado”, comentaban, en cambio, en la vereda rozista.

 

Todo urge

¿El plan es real o se trata solamente de un amague para enfriar la puja justicialista y avivar las fisuras del radicalismo? Se sabrá pronto, porque si la intención reformista es auténtica los márgenes de tiempo para plasmarla son prácticamente nulos.

Para empezar, la opción de modificar la cláusula constitucional sobre reelecciones por vía de una enmienda votada por los diputados -la más sencilla de todas las que prevé el texto de la propia Constitución- no está disponible, porque el 22 de mayo de 2013 el mecanismo fue utilizado para implementar el “voto joven”, y no puede haber menos de dos años de tiempo transcurrido entre una enmienda y la siguiente.

Quedaría, entonces, el camino de la convocatoria a una asamblea constituyente, que también requiere de autorización parlamentaria con mayoría especial. Todo debiera ejecutarse a velocidad misilística para llegar a tiempo con la presentación de Capitanich como aspirante a la gobernación, y aun así se haría necesario volver a postergar la fecha de las PASO, esta vez sacándolas del 24 de mayo para llevarlas más adelante en el calendario y correr la inscripción de postulantes. Un papelón institucional, pero no olvidemos que estamos hablando del arte de lo posible.

 

Arbitraje final

Si el proyecto de la re-re se abortara o cayera, Capitanich debería resignarse a que su poder territorial de origen quede atado a la suerte del precandidato que gane las PASO. Por eso mismo, nadie cree que acepte ser un observador neutral de la compulsa.

“Creo que lo de la re-reelección, lo de la candidatura a intendente, etcétera, es lo de siempre. Coqui arma veinte estrategias y después, cuando parece que la confusión cubre todo, define él”, teorizaba ayer un legislador, para quien la preferencia del jefe de Gabinete es voto cantado: Eduardo Aguilar.

Otro dirigente de diálogo frecuente con Capitanich disiente: “Seguramente querría que fuera Aguilar, y lo va a bancar si la diferencia con Aída es de cuatro o cinco puntos. Pero si la brecha es más grande, se va a jugar por (Domingo) Peppo”. El presidente del Instituto de Vivienda es hasta ahora el precandidato oficialista que menos lejos está de Ayala en las mediciones, que muestran una gran atomización del voto peronista por la multiplicidad de postulantes (una docena, por el momento).

Finalmente, la pregunta infaltable: ¿volverá Capitanich? En eso, casi todos los que tienen llegada a JMC coinciden: la decisión ya no le pertenece a él, sino a Cristina. Será ella quien verá si retiene al chaqueño a su lado por el resto del año o le permite volver a Resistencia a tiempo para salvar las elecciones chaqueñas del PJ y sus aliados.

Coqui, entre tantos globos de ensayo, proyecciones, probabilidades, hipótesis y alternativas, va sumando canas y analiza sin cesar, víctima de su insomne mente zigzagueante. Deshoja margaritas, y viceversa.

Fuente: Diario Norte

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